La paradoja nuclear

La paradoja nuclear

Sobre la percepcion social de la energia nuclear

En 1985 se organizó por el Goethe Institut alemán una exposición en Nueva York titulada “The topsy-turvy world”, dedicada a exhibir mundos cabeza abajo, una recopilación de sinsentidos en la imaginería satírica. Extrapolando a nuestro imaginario actual, es frecuente encontrar muchos contrasentidos en cómo se perciben las cosas en nuestra sociedad.

Si existe un mundo contradictorio en relación a su percepción social, este es el de la tecnología. Cualquier intelectual que se precie levantara su nariz ante cualquier cosa que huela a técnica, y más aún si da lugar a actividades “con ánimo de lucro”, cosa que parece ser el más repugnante de los pecados de la especie humana.

De poco sirve que todo el mundo sea beneficiario y usuario asiduo de estas mismas tecnologías. O que el progreso científico y tecnológico sea el único responsable del progreso de la humanidad de estos últimos tres siglos. Tal vez Bob Dylan pueda ganar un Nobel de literatura, pero jamás veremos a los padres de Google obtener un Nobel de la Paz, no obstante su colosal contribución al acceso universal al conocimiento y a la cultura derivado de su buscador o de Google Books o Google Maps. Lo que fue privilegio de muy pocos -aquellos poseedores de una gran biblioteca-, esta desde hace pocos años al alcance de prácticamente todo el mundo en parte gracias a Larry Page y Serguey Brin, sin que nadie se lo reconozca tal vez por el delito que esto los ha convertido en millonarios… -y de paso crear miles de nuevos puestos de trabajo bien cualificados-.

Portada del catálogo de la exposición
Portada del catálogo de la exposición

Esta forma de esnobismo antitecnologico se acentúa aun en ciertos ámbitos, y en particular en el de la energía. La energía es un poco como el aire que respiramos, solo lo percibimos cuando falta. Pero dado que también es como la sangre que mantiene los organismos, y que se necesita en cantidades masivas que comportan volúmenes económicos capaces de condicionar políticas geoestratégicas, con impactos ambientales enormes, es un campo abonado para todas las demagogias.

Aunque tenga un buen número de defensores, la energía nuclear goza de cualquier cosa menos de prestigio. En el mejor de los casos, se la ve como un mal menor, pero necesario. Los debates sobre la misma repiten hasta la saciedad los mismos argumentos, en un discurrir paralelo entre los pros y los antis, sin que parezca que pueda llegarse jamás a un mínimo consenso. En Oxímoron intentaremos plantear la controversia en base a los argumentos que se usan con mayor frecuencia, cuestionando su mayor o menor validez. Lamentablemente, tal cosa no se puede abordar con un tweet, ni sin apelar a los conocimientos básicos exigibles a cualquiera con el título de graduado escolar, por mucho que la ignorancia de conceptos básicos, notablemente de matemáticas, física, química y tecnología, se vea como decíamos antes con una gran indulgencia por parte de una sociedad que solo interpreta como cultura saber quién escribió el Quijote, aun sin haber leído ni este ni casi ningún otro libro. Recomendamos a quien no esté dispuesto a ser interpelado sobre su ignorancia en ciertos temas, que no siga leyendo, o se arriesgue a sentirse ofendido. Eso sí, ¿como se atreven a opinar sobre algo que ni entienden?

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LA SEGURIDAD

Si existe un Creador, hay que reconocerle lo magistral de su obra. La naturaleza es sin duda una maravilla cuyas leyes no pueden sino despertar asombro y admiración. Sin embargo, también pueden criticársele ciertas carencias. En particular, no haber previsto algún mecanismo que aclare el origen primero de la causa que produce la muerte de las personas. Ciertamente, sabemos dilucidar si alguien se ha muerto de cáncer o de infarto, pero, en cada caso, ¿qué desencadenó el proceso? Si murió de cáncer, ¿qué inicio la mutación que dio lugar a la generación de células cancerosas? ¿Fue el tabaco (caso de un fumador activo o pasivo)? ¿Fue la contaminación ambiental? ¿Algún aditivo usado en alimentación? ¿O un cancerígeno natural presente en algunas infusiones?

Así, seria magnifico que los difuntos -y difuntas-  cuyo cáncer fue provocado por algún químico, su cadáver se pusiese verde, mientras que a aquellos en que fue radiación ionizante se volviesen azules, o si –como sostienen algunos, aunque sin base científica que lo apoye, fuese la radiación de los teléfonos móviles, su cuerpo adquiriese un tono naranja. Aun mejor, en el caso de radiación ionizante, si fuese radiación de origen natural, el azul fuese ultramar, mientras que, si fue una partícula de origen artificial, el tono fuese un azul de Prusia. Poco importa que la mecánica cuántica nos indique que las partículas subatómicas sean todas idénticas entre ellas y solo se distingan por su energía.

Lamentablemente, la realidad no es así, por lo que solo nos queda conjeturar sobre el origen primero de muchas enfermedades. Hay casos claros: los bomberos que actuaron en Chernóbil y recibieron una dosis letal murieron de la radioactividad resultante del accidente nuclear, y punto. Pero ello puede afirmarse únicamente de un centenar de personas. Del evidente daño a la población del entorno, solo pueden hacerse suposiciones en cuanto a la cuantificación del número de víctimas.

Tras el descubrimiento de la existencia de la radioactividad –desde siempre hemos estado inmersos en un entorno radioactivo- se sucedieron una serie de etapas en cuanto al conocimiento de sus efectos. En algún momento incluso se habló de efectos beneficiosos, con algún que otro chiflado vendiendo agua radioactiva e incluso siendo víctima de sus propias quimeras. Pronto se vio que a partir de ciertas dosis, se trataba de algo dañino o incluso letal. Poco a poco pudieron asignarse valores representativos a las relaciones causa-efecto: así, sabemos que una dosis de unos 5 Sievert resulta letal en la mitad (50%) de los casos.

Pronto se generó un alto consenso en que cualquier dosis de radiación era perjudicial. El problema surge para bajas dosis: aunque todos estamos inmersos en un entorno radioactivo, la dosis que recibimos es distinta según el lugar –depende de la altitud, de la composición geológica del terreno, de los materiales y tipología de las construcciones, etc. Aun así, fue imposible establecer una relación causa efecto entre radiación y daño detectable para bajas dosis por encima de las fluctuaciones estadísticas de cualquier estudio. Existen zonas con bajas dosis naturales y altas incidencias de ciertas patrologías, o a la inversa. Dado que no solo las radiaciones ionizantes causan dichas patologías, sino también la alimentación, los hábitos de vida, etc. resulta imposible cuantificar el daño imputable a la exposición a las radiaciones, existiendo incluso un amplio grupo de científicos que niegan que las bajas dosis tengan efecto alguno sobre la salud.

Ante este panorama, se optó por una posición conservadora, de máxima precaución, y finalmente se aceptó lo que se llama la hipótesis lineal: a doble dosis doble daño, o lo que es lo mismo, mitad de dosis mitad de efecto perjudicial, que matemáticamente se expresa por una relación del tipo:

“Daño”  =   “Constante” multiplicado por “Dosis”

Pero si hemos dicho que para bajas dosis es imposible detectar daño, ¿qué valor hay que asignar a esta constante? La única solución para cuantificar este daño es partir de aquellas dosis, altas, en que ya es posible relacionar el impacto de la sobreexposición. Por desgracia, disponemos de la experiencia de Hiroshima y Nagasaki, en que miles de personas fueron víctimas y cuya salud ha podido ser controlada durante décadas. También disponemos de muchos otros incidentes o accidentes que dieron lugar a altas dosis. Todo ello ha ido acumulando un importante volumen de información que nos sirve de base para inferir el impacto máximo incluso de pequeñas sobreexposiciones. Si a ello añadimos otro criterio ampliamente aceptado, el ALARA, que impone que debe reducirse las exposiciones siempre al valor mínimo posible, tenemos el cuerpo doctrinal que sirve de base no solo al diseño y operación de reactores nucleares, sino también de todas aquellas muchas otras aplicaciones en que se utilizan radiaciones ionizantes: medicina, industria, etc.

Es importante insistir en esta imposibilidad de cuantificar daño en el caso de bajas dosis, y que solo disponemos de un cierto consenso sobre cuál es su efecto máximo. Así, aunque en Madrid la dosis natural es un 20% más alta que en Barcelona (unos 3 milisievert/año frente a unos 2,5), no se ha detectado efecto alguno al margen que unos hablan castellano mientras que los otros lo hacen en catalán. Ello, al aplicar la hipótesis lineal, nos obliga a utilizar términos estadísticos: a tal dosis le corresponde tal probabilidad de daño, y por tanto, aplicando esta hipótesis, vivir en Madrid produce X muertos al año por culpa de estar ubicada en una meseta a Y metros de altitud.

Existe otro fallo de la naturaleza: no todos somos iguales. Antes decíamos que una dosis instantánea de 5 Sievert era letal para el 50% de las personas. En un mundo perfectamente justo, con una dosis de 4,9 Sievert todo el mundo debería sobrevivir, mientras que otra de 5,1 debería ser siempre letal. El que no sea así obliga a trabajar con probabilidades, seguramente difíciles de comprender. No obstante, esto mismo se puede expresar de otra manera mucho más intuitiva, que es la “reducción de la esperanza de vida” (son sinónimos). Así, por ejemplo, para otro producto nocivo, el tabaco, en que el daño no es igual para distintas personas, decimos que cada cigarrillo aumenta en un determinado porcentaje la posibilidad de cáncer de pulmón, o de forma equivalente, que reduce en tantas horas la esperanza de vida.

En el caso de un accidente nuclear con liberación de productos radioactivos, como fue Chernóbil, al sumar todas las sobredosis sobre toda la población expuesta, este cálculo integrado nos conduce a un número determinado de defunciones, que son los miles de muertos que citan muchos contrarios a la energía nuclear. No obstante, será imposible saber si la muerte de una determinada persona concreta afectada por este accidente (azul prusia!) fue precipitada por este u otras causas que nada tienen que ver con el mismo. Reiteremos, no obstante, que es la superposición de la hipótesis lineal con la inferencia estadística consiguiente la que conduce a todas estas estimaciones sobre el catastrófico impacto de los accidentes en reactores nucleares, y, por extensión, sobre el riesgo de la energía nuclear.

Inicialmente, esta metodología se aplicó casi exclusivamente a los riesgos nucleares, lo que, extrapolado a todo el planeta y para todos los casos, posiblemente está en el origen de la catastrófica percepción que muchos tienen sobre la energía nuclear. Posteriormente, sin embargo, se ha ido extendiendo al amplio conjunto de riesgos que nos amenazan, es decir, a todo aquello que Impacta negativamente en la salud humana. Por ejemplo, la contaminación ambiental derivada del tráfico rodado y las emisiones resultantes del uso de hidrocarburos (ver p. ej. esta web de la OMS: «Según estimaciones de 2012, la contaminación atmosférica en las ciudades y zonas rurales de todo el mundo provoca cada año 3 millones de defunciones prematuras»). Así, hace algunos años, en el entorno metropolitano de Barcelona, se impuso una limitación de la velocidad de los coches a 80 km/h en base a unos estudios que concluían que el exceso de los niveles de contaminación por encima de los niveles permitidos era responsable de 1500 muertes al año. Análogamente, otros estudios de la OMS concluían que el uso de biomasa –una energía renovable- en el tercer mundo, principalmente para cocción, era responsable de varios millones adicionales de muertes al año, principalmente mujeres y niños.

Al valorar estas cifras es necesario situarlas en contexto. Para empezar, es posible cuantificar exactamente cuántos muertos al año causan los accidentes de automoción, puesto que aquí la relación causa-efecto es clara. En cambio, es imposible atribuir ninguna muerte concreta al exceso de contaminación antes citado, es decir, ninguno de estos 1500 muertos adicionales del entorno de Barcelona antes citados tiene nombres y apellidos (nadie se pone verde como no sea metafóricamente). ¿Es más, es justo hablar solo de estas 1500 muertes y no de los miles de vidas que se salvan al año o la mejora de la calidad de vida gracias a la rápida movilidad que proporciona el coche? Es como si un empresario solo considerase los costes en su empresa, sin ninguna consideración por los ingresos que se derivan de las ventas. Al final, lo verdaderamente relevante son los beneficios, y estos resultan siempre de un balance.

De forma parecida, es demagógico culpabilizar a la biomasa de los millones de muertes que se le atribuyen. Es cierto que la combustión a baja temperatura de combustibles de pésima calidad (residuos vegetales y animales) para cocinar o calentarse en sitios mal aireados genera gran cantidad de tóxicos y perjudica gravemente la salud de la mujer que cocina o el niño que lleva colgado de la espalda, pero ¿es que tiene alternativa? Aquí el culpable es claramente el subdesarrollo y los desequilibrios que permiten que una parte tan significativa de la población mundial viva por debajo de los umbrales de la miseria.

En cualquier caso, hasta aquí hemos introducido ya un par de consideraciones importantes. Por un lado, que todas las fuentes de energía son responsables de problemas de salud (y análogamente de impacto ambiental) e incluso muertes prematuras de muchas personas. Por otro, que es demagógico no contraponer este “coste” a los beneficios que justamente están en la utilización de dichas fuentes de energía. A diferencia del tabaco, no consumimos electricidad porque si, sino porque es idónea para el funcionamiento de nuestras escuelas, hospitales, sistemas de transporte y comunicación, etc., y ello produce unos beneficios asociados que prolongan enormemente nuestra calidad y esperanza de vida y salvan millones de vidas al año. Ergo, cualquier debate riguroso sobre estos temas exige un doble análisis: por un lado, un balance perjuicios-beneficios; y por otro, una comparación en equivalencia de condiciones. Todo lo que no cumpla estos prerrequisitos es pura demagogia barata.

En el mundo funcionan unos 400 reactores nucleares, con una edad media de 25-30 años, lo que da una experiencia operacional que supera largamente los 10,000 años (rogamos al lector que no se crea nada de lo que aquí se afirma, y que haga las comprobaciones pertinentes, cosa hoy en día fácil con Internet. Adicionalmente, trabajaremos aquí siempre con grandes cifras, con órdenes de magnitud, que son las relevantes en la argumentación, sin discutir si el señor que murió de un ataque de corazón o los dos ahogados en la central de Fukushima cuentan como víctimas del accidente nuclear o no). En todo este periodo, hemos tenido tres accidentes graves: TMI (EE.UU.), Chernóbil (antigua URSS y actual Ucrania), y Fukushima (Japón). El primero tuvo un impacto exterior mínimo, y no se le puede atribuir ninguna muerte. El segundo si fue un auténtico desastre, y al centenar de personas claramente victimas durante los trabajos de extinción y estabilización del reactor habría que añadir centenares, y posiblemente algunos miles, que han visto sensiblemente reducida su expectativa vital por la sobreexposición. Finalmente, en Fukushima, aunque sin víctimas directas, también fueron expuestas amplias poblaciones y afectados durante largo periodo extensos territorios.

Con estos hechos, la única conclusión posible, cifras en mano, y comparado con otras fuentes de energía -carbon, renovables, hidrocarburos,..- es que la energía nuclear es extremadamente segura, y claramente la fuente de energía primaria más segura de las que disponemos actualmente, junto con alguna de las renovables. Tal conclusión puede escandalizar a muchas personas ¡pero si está claro que la energía nuclear tiene muchos riesgos, tal como sabe todo el mundo! Pues bien, en la edad media todo el mundo sabía que las brujas eran muy peligrosas y que había que quemarlas en la hoguera. Después, empezando en el siglo XVI, consolidándose en el XVII, y ya plenamente aceptado en el XVIII, se produjo un cambio de paradigma que revolucionaria la ciencia y la tecnología y de aquí toda la sociedad, desencadenando una época de desarrollo y crecimiento sin parangón en toda la historia. Este cambio consistió en la aceptación del método científico y la evidencia experimental como único método valido para contrastar cualquier hipótesis. Cuando Galileo enfoco su telescopio hacia Júpiter y vio sus satélites, sus detractores argumentaron que, si ni Aristóteles ni San Agustín jamás hablaron de los satélites de Júpiter, estos no podían existir. Eppur si muove, finalmente hubo que admitir la evidencia y desde entonces se ha venido contrastando cualquier teoría o prejuicio con los datos medidos en la realidad. Y en nuestro caso, esta es tozuda: el uso de combustibles fósiles como fuente de energía –al margen de efectos invernadero etc.- es responsable de millones de muertes al año (al margen de los accidentes de circulación, que no serian imputables al tipo de energía que mueve los vehículos), cifra muchos ordenes de magnitud por encima de lo que se pueda atribuir  a la energía nuclear una vez compensada su distinta contribución a la cobertura de la demanda, que en el caso de los combustibles fósiles viene a ser un orden de magnitud superior.

Así, pese a quien pese, el argumento de la inseguridad de la energía nuclear es simplemente falso. Estaremos de acuerdo que es absolutamente inaceptable la destrucción de amplias zonas (Chernóbil, Fukushima) por contaminación con radioisótopos, pero bien que aceptamos la perdida de territorios aun mucho mas extensos para aprovechamientos hidráulicos. Incluso así, Chernóbil y Fukushima son inaceptables, y es del todo razonable que a la energía nuclear se le exija un plus de seguridad varios órdenes de magnitud superior al que se impone a otras actividades. En este sentido, o la industria nuclear acepta que no solo hay que mantener sino también incrementar significativamente la seguridad de los reactores, sustituyendo los actuales por nuevos diseños mucho más robustos frente a accidentes, o la aceptación futura de la energía nuclear se verá fuertemente comprometida.

LOS RESIDUOS

Otro de los argumentos favoritos de los antinucleares es el de los residuos. Es un argumento que, igual que el anterior, no resiste la realidad de los hechos. Si comparamos los residuos generados en cualquier actividad o industria con los que produce la generación eléctrica nuclear, lo absolutamente excepcional es la poquísima cantidad de residuos de esta última. Actualmente, TODOS los residuos de las centrales españolas caben en un único emplazamiento para los de media y baja (El Cabril), y en las piscinas de los reactores (para los de alta actividad). ¿Que otra industria es capaz de almacenar en sus propias instalaciones los residuos de decenas de años de funcionamiento, y además dentro de sus propios edificios? Todo ello en una piscina de algún centenar de metros cuadrados de superficie!

Objetivamente, pues, es increíble que todos los residuos de la producción de entre una quinta y una cuarta parte de la electricidad consumida en España durante mas de 40 años puedan llegar a caber en dos únicas instalaciones (en el supuesto que se complete el Almacén Temporal Centralizado (ATC)), instalaciones por cierto no pequeñas pero nada monumentales. Compárese esto con, por ejemplo, los residuos de la extracción de sal en la Zona de Cardona y Sallent, auténticas montañas artificiales, o cualquier otra escombrera o vertedero de los que decoran nuestro territorio.

A este argumento se objetará que, aunque sean pocos, son extremadamente peligrosos, puesto que no pierden su peligrosidad en miles de años. Es cierto que varios isótopos tienen una vida media de miles o cientos de miles de años, pero hay que recordar que los elementos tóxicos estables, ampliamente utilizados en muchas industrias, tienen una vida media ¡infinita!

Otro debate distinto, es que debe hacerse con estos residuos, o la acusación a menudo justificada que muchos de los cálculos económicos sobre los costes de la energía nuclear no contabilizan adecuadamente este aspecto. Dejaremos no obstante tal debate para otros artículos. Lo destacable ahora es la contradicción de que una de las bondades objetivas de la energía nuclear es justamente uno de los argumentos más utilizados en su contra.

En la cuestión de los residuos, además, las centrales nucleares prácticamente no emiten gases a la atmosfera. Esto da pie a destacar la mejor ilustración de la paradoja que estamos tratando sobre la contradicción entre realidad y percepciones sobre la energía nuclear:  la imagen que se acostumbra a utilizar sobre la misma es una torre de refrigeración con un penacho de vapor saliendo por arriba. Es el perfecto paradigma del analfabetismo de los medios de comunicación. Es cierto que en el mundo de la publicidad se valora a menudo simplemente sugerir el producto, sin ni siquiera mostrarlo: “¿te gusta conducir?”. Pero nos tememos que este no es el caso; esta misma imagen se usa a veces para ilustrar la contaminación. Señores burros de los medios: lo que sale por arriba de una torre de refrigeración no es contaminación sino vapor de agua ¿acaso las nubes son contaminación? Otrosí, no todas las nucleares tienen torres de tiro natural, ni estas son solo usadas en centrales nucleares, y una central nuclear no es una torre de refrigeración ni viceversa, de la misma manera que una silla y una mesa no son lo mismo por mucho que a menudo aparezcan conjuntamente.

Asi, en lo referente al tema a la ausencia de emisiones de CO2 de la energía nuclear, o en general del de los gases de efecto invernadero, cuyo efecto ambiental empieza a ser evidente, conviene recordar que estos gases SON UN  RESIDUO de multitud de otras actividades, desde respirar, la agricultura, la ganadería, la obtención de energía a partir de combustibles, etc. Por tanto, cuando hagamos comparaciones en relación a residuos, análogamente a como cuando hablábamos de seguridad, hablemos de TODOS los residuos.

EL IMPACTO AMBIENTAL

Quien quiera hacer un ejercicio interesante sobre impacto ambiental, o al menos sobre impacto visual, puede recorrer la ruta entre Madrid y Cofrentes. Si tras este viaje aun sigue sosteniendo que la energía eólica carece de impacto ambiental, realmente es que bajo este concepto se entienden cosas distintas. Resulta paradójica la fuerte oposición a las líneas eléctricas, frente a la silente aceptación de bosques de generadores eólicos. Indudablemente una turbina eólica aislada es una obra de arte, estéticamente hablando, digna de cualquier Foster, Calatrava, … Pero la invasión de amplios territorios, en comparación con su contribución real a la generacion, resulta cuando menos discutible.

Por el contrario, aunque las centrales nucleares no son precisamente pequeñas, es ilustrativo que, por ejemplo, solo entre Asco y Vandellos aporten ya más de la mitad de la demanda eléctrica de Catalunya. Invitamos a cualquier usuario del puente aéreo a encontrar estos emplazamientos desde el avión para aquilatar el impacto territorial de estas instalaciones. Ninguna otra fuente de energía puede presumir de una huella tan escasa, además de la importantísima ausencia de emisión de gases de efecto invernadero. Ciertos colectivos olvidan que, dado el carácter intermitente de las renovables, y excepto con algún desarrollo revolucionario en la forma de almacenar la electricidad, cualquier modelo basado en renovables tiene fuertemente acotado el umbral máximo de reducción de emisiones, por desgracia en valores claramente insuficientes para los objetivos que solemnemente se debaten en foros internacionales.

Este breve comentario sobre impacto ambiental exige completarse con la cuestión de los residuos, ya tratada, y la minería del uranio. Ciertamente, la extracción del uranio es cualquier cosa menos inocua. Debe situarse no obstante en el contexto general de las actividades extractivas, y nuevamente aquí se sitúa en posición claramente ventajosa dados los volúmenes involucrados. Además, una mejor gestión del ciclo de combustible permitiría minimizar aún más este aspecto, si bien no vamos ahora y aquí a tratar la cuestión del reprocesado de combustible nuclear, excepto para poner de relieve la contradicción de que, en un momento que todo se recicla, aun desechemos un producto del que solo se ha extraído una mínima parte de su potencial energético.

LOS INTERESES DE LA INDUSTRIA Y LAS ELECTRICAS. ¿QUIEN DEFIENDE LA ENERGIA NUCLEAR?

Hace muchas décadas, cuando las empresas eléctricas estaban dirigidas por ingenieros, o técnicos y visionarios, es posible que estas corporaciones pudieran ser calificadas pro-algo. Era un momento en que a menudo se tomaban decisiones para tener la turbina más potente, el salto de agua más alto, la caldera más eficiente, la línea de mayor longitud, o el simple orgullo de prever a muy largo plazo un equipo pue prácticamente debería ser eterno.

Actualmente, en que las eléctricas son empresas mucho mayores y muy profesionalizadas, con la mayoría de sus directivos formados en escuelas de negocios, tales consideraciones les importan un rábano. Lo único que cuenta -de ello dependen sus sueldos e incentivos- es la cuenta de resultados del próximo trimestre. Cuestiones como la estabilidad a largo plazo, la fiabilidad de los equipos, la estabilidad de las plantillas, la calidad de servicios, la estructura de costes y su evolución, la comparación tecnológica con la competencia… , todo ello -a ver si se lo meten en la cabeza ciertos ignorantes- les es absolutamente indiferente. Solo cuentan los beneficios.

Como estos beneficios dependen además sobretodo de aspectos de regulación, la energía nuclear es excesivamente transparente en cuanto a sus costes. En cambio, los sistemas dispersos (redes insulares, generación muy distribuida en pequeños equipos, variabilidad e imprevisibilidad de la producción, son ideales para aprovechar la asimetría regulatoria (ver empresas y empresas) y por tanto colar al regulador todo tipo de sobrecostes reales o inventados que engrosen los márgenes. El ideal de la empresa energética es la plataforma Castor: una instalación que ni siquiera entra en funcionamiento, pero en la que ya se han colado multitud de costes y sobrecostes que se pagaran por los ciudadanos a cambio de nada. Como que las constructoras que la presupuestaron y después la construyeron cobrando muy por encima de los previsto y los bancos que financiaron el tinglado, son a la vez los principales accionistas de las energéticas y por ello quienes las controlan, el negocio es triple y redondo.

Incluso así, si la industria nuclear hubiese sido capaz de demostrar que es capaz de construir centrales con el coste presupuestado y en los plazos previstos, el futuro de la energía nuclear en occidente podría haber sido brillante. Tal situación se dio por ejemplo en Francia en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, o seguramente también es el caso en la China actual. Pero en cambio, en Europa, para nuevos proyectos, esto no ha sido así.

En los años 90, en Finlandia, país en que las eléctricas son una especie de cooperativas de grandes consumidores industriales y corporaciones municipales, se optó por la construcción de nuevas centrales nucleares. Tal decisión no es sorprendente. Cuando quien decide no es un ejecutivo de gran empresa -que se rige por lo antes dicho-, sino alguien que solo pretende garantizarse un suministro de electricidad fiable y con costes estables a largo plazo, la opción nuclear es la mas idónea. Así, se decidió construir la nueva central de Olkiluoto, que hubiese debido entrar en funcionamiento en 2009 con un coste de 3,500 millones de Euros para una central de 1600 MWe, con un contrato “llaves en mano”.

Por desgracia, se adjudicó este proyecto a una gran empresa cuyos ejecutivos tal vez eran brillantes MBAs pero desconocían los fundamentos de la actividad industrial. Efectivamente, Areva tenía una larga experiencia en la construcción de las centrales nucleares francesas, pero había cesado en esta actividad durante largos años. Con ello, las habilidades i el know-how de pie de fábrica necesario se había perdido. Recuperar una patente o un plano de ordenador es cuestión de segundos, pero formar trabajadores capaces de forjar o soldar piezas masivas con plena garantía de ajuste a especificaciones es algo que requiere décadas. En este contexto, además, embarcarse en un nuevo diseño muy ambicioso e inacabado fue una autentica temeridad. Resultado: Olkiluoto aun no ha entrado en funcionamiento -está previsto para 2020- y los costes ya se acercan a los 10,000 millones, con pleitos judiciales entre comprador y vendedor sobre quien tiene que asumir los sobrecostes o el inmenso lucro cesante de 10 años de retraso en la producción de electricidad respecto a lo previsto.

Previsiblemente esta va a ser la puntilla de este primer ciclo de uso de la energía nuclear de fisión en occidente.  Si nos ponemos en el lugar de cualquier directivo que deba decidir sobre la renovación de equipos de generación eléctrica, ¿Quién va a ser el loco que va a optar por un tipo de central cuyos costes y plazos se pueden triplicar respecto a lo previsto?

En síntesis, por mucho que se diga que los ecologistas son los culpables del declive del uso de la energía nuclear, hay que reconocer que los primeros responsables son la propia industria nuclear y su incapacidad, tras casi medio siglo, de consolidar una tecnología que se llegó a dominar perfectamente en cierto momento y que por tanto fácilmente hubiese podido adaptarse a las mayores exigencias de seguridad que les pide la sociedad. Ciertamente es un análisis simplista, que obvia los vaivenes políticos y las muchas trabas que se han opuesto a esta tecnología, pero en esencia, y contrariamente a lo que se supone generalmente, este es el tema.

LO QUE REALMENTE IMPORTA

Si de todo lo anterior alguien deduce que se pretende defender la energía nuclear, no podría estar más equivocado. Al final, que tipo de artilugio utilizamos para generar electricidad es totalmente irrelevante. El modelo de sociedad no depende para nada de ello. Las cosas realmente importantes son otras: la democracia, la libertad, el acceso a la cultura, la educación, la sanidad, la preservación del entorno natural, la equidad, la erradicación en el planeta del subdesarrollo y las desigualdades, etc.

Por desgracia, estas cosas importantes solo pueden garantizarse en un entorno económico suficiente y saneado. La economía es en este sentido como la energía: simples instrumentos necesarios para la obtención y el funcionamiento de estas cosas que valoramos:  un buen sistema sanitario necesita una economía saneada que genera los impuestos suficientes para pagar al personal sanitario y las instalaciones y equipos necesarios, así como la energía para su funcionamiento, desde la gasolina de las ambulancias hasta la electricidad con que funcionan los quirófanos.

Una consideración necesaria es recordar que la electricidad es un producto completamente indiferenciado independientemente de la fuente de energía de la que proviene. Al margen de criterios de calidad (estabilidad, ausencia de harmónicos, disponibilidad, etc.) un kWh nuclear es idéntico a un kWh hidráulico, o solar, o eólico. Esta es una obviedad importante: así como en el caso de los coches, un BMW no es lo mismo que un Skoda, y por tanto puede ser vendido en un mercado competitivo a un precio distinto, el “valor” de todos los kWh es idéntico. Atención, valor, coste y precio son conceptos diferentes. Por ello, si un país opta por un bien que aporta el mismo valor a su economía, pero obtenido a partir de una fuente con costes muy superiores, se ponga como se ponga, reduce su competitividad puesto que detrae recursos que podría dedicar a otras cosas más deseables (p.ej. su sistema de protección social) o productivas (p.ej. la mejora de sus infraestructuras ferroviarias). La falacia de debatir sobre si las primas a ciertas energías se financian por tarifa o por impuestos, o sobre si hay o no “windfall profits”, quien captura los márgenes, u otras zarandajas, son aquí irrelevantes y pertenecen a otros debates ciertamente importantes pero que no afectan al argumento central de los que aquí se plantea: optar por fuentes energéticas de mayores costes sin beneficios tangibles que lo justifiquen perjudica gravemente a cualquier economía a medio y largo plazo. Que ello sea además consecuencia de argumentos falaces, como es el caso de la energía nuclear, no deja de ser una autentica pena.